Viaje Exprés

La fila doblaba la esquina de la estación. No era para menos, pensó Ángela. Iban a ser los primeros en disfrutar del viaje instantáneo.

Sonia, su hija, estaba con ella, pero no despegaba la nariz de su tableta de 8 pulgadas. Estaba repartiendo envidia por el mundo virtual. En ese momento recordó que a su hija el nombre de “viaje instantáneo” le recordaba a sopa, y no pudo disimular su sonrisa.

El primer viaje instantáneo de la historia de la humanidad. Se lo hubiesen perdido de no ser por su marido, Antonio Prieto, ministro, que les había conseguido una plaza moviendo unos hilillos por ahí. El viaje era carísimo y la lista de pasajeros muy exclusiva, pero ahí estaban ellas.

La fila se movió unos pasitos. Una familia de tres se colocó sobre el círculo plateado y pluf, desapareció. Era igualito a cuando ella lo veía en aquellas absurdas películas para friquis. Pero sin tanto glamour. Aquí no había difuminación, ni colorines, ni los cuerpos se separaban en un millar de particulas brillantes. Claro, estaban en España, la única diferencia a los viajes de antes es que Pepe tardaría un segundo en llegar a Alemania.

El niño que tenían delante, un pelirrojo pecoso, no paraba quieto. ¿Cuánto falta, mamá? Poco, Pablo, estate quieto ya ¿eh?… Ángela miró a su hija, pero seguía quieta y callada, embobada con la tableta. Sonia no te pegues ese cacharro tanto a la cara que te vas a quedar bizca. Sonia protestó y siguió a lo suyo.

A los pocos minutos, el pelirrojo se desvaneció junto con sus padres y el disco plateado volvió a quedar vacío. Una azafata rubia con piel de porcelana les sonreía detrás de la consola. ¿Sus tarjetas de salto? Su amabilidad era contagiosa. Aquí tiene señorita, respondió Ángela.

Muchas gracias, pues ya pueden pasar. ¿Conocen las instrucciones? ¿No? Bien, lo primero… deben colocarse estos transmisores en la muñeca. Son los dispositivos que permiten al satélite enviarlas a su destino. Berlín ¿Verdad? Muy bien, ahora manténganse quietas. El viaje dura una fracción de segundo, no se preocupen por nada, es muy seguro. Solo relájense y respiren hondo.

La azafata pulsó el panel y volvió a mostrar su fina sonrisa.

Ángela cerró un instante los ojos. Sintió un cosquilleo muy placentero que le subió deprisa por los tobillos. Cuando llegó a los muslos se acordó de su sofá de masajes. Al abrirlos vio a otra azafata. Esta no era muy diferente de la española, alta, rubia, delgada, cutis níveo…, pero ya no estaba en Madrid. La estación y los carteles en perfecto alemán delataban que el viaje había sido un éxito. Miró a su derecha buscando los ojos azules de Sonia, pero solo encontró su tablet en el suelo.

La sombra de la preocupación cubrió su ceño. El terror dilató sus pupilas. Buscaba a lo lejos, a su alrededor, entre la marabunta que asistía al evento mundial, intentaba localizar a Sonia entre las ordenadas filas berlinesas. Con el pulso retumbando en su sien recogió el aparato del suelo. Estaba intacto. En la pantalla el último comentario que le hacía a su niña en el perfil: ¡Qué envidia, guapa! De pronto la tableta emitió un zumbido, la pantalla se volvió negra y aparecieron unas letras verdes que decían: tenemos a tu hija. Paga y la teletransportaremos a casa sana y salva.


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